Desde mi ventana

 

Durante una tarde de junio del año 2023 un calor sofocante invadió la ciudad, 44 °C indicaba el termómetro instalado en el pórtico. Ese calor infernal fue suficiente para sentir la falta de aire. El abanico de la recámara solo provocó que el sudor se esparciera por todo el cuerpo. Con esa temperatura es inevitable una deshidratación, si no consumes agua al menos cada treinta minutos, tu cuerpo empieza a sentirse fatigado y con el fastidio de soportar a todo mundo alrededor de ti. No hay viento. Afuera todo parece estático, no hay aves volando, solo algunos coches han pasado por la avenida que se ve desde mi balcón. ¿Quién se atreve a salir con este calor espantoso?, me preguntaba una y otra vez. ¡Nadie! Nadie saldría a las calles de este infierno. Solo unos pocos se atreverían a caminar por la acera. Parece que el pavimento de la avenida empieza a derretirse. No sé por qué los neumáticos no se han reventado de tan ardiente que están las calles de la ciudad. Yo saldría solo en caso de emergencia.

En televisión siguen diciendo que la ola de calor seguirá durante las próximas dos semanas. Sin duda, estamos viviendo un cambio climático inevitable. Aun cuando la temporada de calor, que se conoce como la canícula, todavía no inicia (en México así se le llama a los cuarenta días más calurosos de todo el año, sucede durante la última quincena del mes de julio y se termina en agosto). Después de esos días en ocasiones las lluvias, se hacen presente en la región. Aunque no con tanta frecuencia. Me sorprende mucho que el calor sea insoportable, no solo de día, sino también por las noches. Ya en la madrugada el calor suele ceder un poco y un viento fresco recorre la habitación. Al amanecer una sábana blanca envuelve mi cuerpo, un sol radiante entra por la ventana, a esa hora es inofensivo, pero pasando la media mañana, cerca de las once, el sol empieza a dar latigazos en la espalda, el cuello, los brazos a todo aquel que se atreva a salir de casa. Me asomo por mi ventana y veo que algunas personas caminan, otras van trotando, haciendo ejercicio, aprovechando el frescor matinal. Otra vez, el calor aparecerá e invocará al sudor a que recorrerá los lugares más recónditos de mi cuerpo. Rehidratarse será la mejor manera de mitigar la peor temporada de calor de este año.

Algunos lo llaman el fenómeno del niño, el calor de estas semanas hará que la temperatura del agua en el mar y los lagos aumente, provocando la formación de huracanes y tormentas en el océano Atlántico. Otros efectos que también podría provocar es la sequía por un tiempo prolongado, lluvias torrenciales acompañadas de inundaciones y deslizamientos de tierra. La naturaleza está más viva que nunca y en todo su esplendor, haciéndose notar con su furia.

Hace un año la sequía provocó en Monterrey cortes prolongados del agua potable, es decir, la que es para el consumo humano, durante uno o varios días a la semana; los incendios forestales arrasaron con parte de los bosques que hay alrededor de la metrópoli. Ante el desabasto del vital líquido se implementaron acciones insuficientes para sobrellevar la crisis. Solo espero que este año no se repita. He bajado a la cochera a llenar de agua los trastes para que beban los perros y los gatos que recorren el barrio, y también las aves que llegan a mojarse el pico, y a refrescar un poco sus alas. Si nosotros estamos sufriendo, no quiero imaginar por lo que ellos están pasando.

Continúo viendo por la ventana. El calor no cede, ninguna nube recorre estos cielos. El infierno está aquí, en la tierra, muy cerca, de hecho, a la vuelta de mi casa y de la de todos ustedes. Nadie se escapa de este clima infernal. ¡Qué ganas de estar en la playa!

Me encuentro viendo la calle desde mi ventana. Un taxista detuvo su auto frente a mí casa. Descendió una señora mayor, cuando la vi bien, grité de emoción,

—¡Es la abuela! Pero ¿qué hace ella acá?, con este calor. Bajé las escaleras y abrí la puerta para que entrara.

—¿Qué estás haciendo acá, abuela? —Pregunté sorprendida.

—Pues he dejado la casa, se me ha ido la electricidad y no está funcionando ningún aparato eléctrico. Por eso he llegado acá. No te he llamado antes, porque no tenía carga mi teléfono. Así que tomé un taxi y aquí estoy. Dijo la abuela, emocionada de entrar a una casa fresca.

En la televisión anuncian que nadie debe exponerse a los rayos del sol, es por ello que suspendieron las clases presenciales de los niños y las niñas en las escuelas. Todos trabajarán ahora de manera virtual. Igual que como lo hacíamos durante la pandemia.

La abuela se sienta en el sillón de la sala y le pide a su nieta que le traiga agua fría. Está agotada y fatigada por el traslado desde su casa.

—No quiero imaginar cómo la están pasando los demás. En el edificio vivimos muchos adultos mayores y muchos niños. Sin electricidad están sufriendo, estar adentro es peor que estar afuera. Dijo la abuela agitada por la fatiga del calor.

—Te entiendo abuela. Pero ya estás aquí, así que ponte cómoda.  Sabes que no te dejaré ir hasta que pase todo esto, la ola de calor. Así sean más de una semana. ¡Tú estás ahora en tu casa!, la vamos a pasar bien. Dijo su nieta, contenta de haber visto desde su ventana la llegada de la abuela, a la que tanta estima le tiene. —¿Quéres comer algo?.

—¡Me encantaría!, dijo la abuela entusiasmado por la alegría de sentirse como en su casa.

 

Fidel Cantú


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