Libro. Capítulo 1. Cuando las bugambilias florecen (2025)


1. Quién yo sea, nunca seré como tú

Unas horas antes de que mi madre gritara de dolor para parirme, recibió golpes con un cinto de cuero, causándole en su espalda dolor físico. Cuando fue el parto, su dolor estaba en el alma, logrando con sus débiles pulsaciones traer al mundo a su primer amor, el mío. Estando embarazada, mi madre se juntó con el Camilo, un viejo gordo a quien apodaban “El Sapo”, porque tenía los ojos grandes y saltones. Ese día que la golpeó, discutían por una pendejada. Mi madre le reclamó que había llegado tarde a la casa y, además, oliendo a perfume barato y corriente como el que usan las putas de la calle. A mi padrastro le enfureció el comentario, por eso la abofeteó y le cintareó su espalda. En ese momento se le reventó la fuente y pujó tan fuerte que me asomé por la hendidura de su cuerpo. Me parió entre el llanto del dolor causado por los golpes y el sufrimiento por haber nacido durante el tormentoso suceso. El viejo Camilo solo se limitó a observar, luego le habló a la vecina para que le apoyara en cortarnos el cordón umbilical.

Yo siempre creí que él era mi padre, pero, después del infortunio de su comportamiento durante tantos años, me hizo dudar más de una vez. Me preguntaba si ese maldito malnacido era quien decía ser, dudando por mucho si en verdad me había engendrado.

Durante mi adolescencia, tendría yo unos doce años, el viejo Camilo bebía cerveza de barril en el patio, en su borrachera se dirigió conmigo, me empujó y me sostuvo con su antebrazo derecho en mi cuello, posicionando mi espalda en la pared, y ahí me lo contó, me gritó fuerte, trató de humillarme con su vil comentario: “Yo no soy tu verdadero padre, soy un impostor que te ha hecho creer que lo soy, pero en realidad solo soy quien maltrata a la puta de tu madre, ¿sabes por qué?, porque después de parirte no volvió a tener ningún hijo, alguno que sí fuera mío, un hombrecito de verdad, no como tú. ¡Me escuchaste bien, pinche jotito!”.

No fue difícil zafarme, lo empujé con fuerza, cayó al suelo y junto a él un tarro de vidrio que traía en su mano, se le resbaló y se hizo añicos. También le grité fuerte, sin importar que me escucharan los pinches vecinos, hipócritas igual que él:

“¡Tal vez no tienes hijos porque eres un pinche cabrón de mierda, pinche viejo culero! Eres un pendejo y un estúpido borracho, que solo sirve para eso, para dar lástima, desgraciado, infeliz, ¡vete mucho a la mierda!

Trató de ponerse en pie, se le veía en su cara el coraje, seguro quería golpearme, pero no lo conseguía, su borrachera lo apendeja más cada vez que lo intenta. Se quedó ahí, tirado en el piso, cortándose las manos cada vez que buscaba la manera de levantarse.

Esa noche entendí muy bien que en esa casa habitaba un monstruo capaz de arruinar la de por sí arruinada vida de mi madre y la mía, así que debía rescatarla de ese pendejo que, seguramente la ha amenazado por mucho tiempo para no decirme la verdad, pero, aunque fuera realmente mi padre, no permitiré de ahora en adelante que le ponga una mano encima.

Mi madre estaba de pie, justo en el marco de la puerta, viendo la escena. En ese momento ella también entendió el sufrimiento que había estado cargando no solo ella, sino también yo. Fueron muchos años de haberlo soportado por unas migajas de comida y unas míseras monedas. Una venda se le caía de los ojos. Se acercó a mí. Me abrazó.

—Perdóname, hijo. Perdón, perdón...—repetía una y otra vez.

Puedo entender que ella buscaba un padre para mí, por eso había tomado la decisión de juntarse con Camilo. Pero lo que no entiendo es cómo fue capaz de soportarlo tanto tiempo, si él solo le ha traído decepciones y problemas.

—¡Vamos, hijo, déjalo ahí!

Entramos a la casa, echó en una bolsa negra algo de ropa, tomó algunos ahorros que tenía escondidos dentro de una vieja Biblia, que solo ella leía de vez en cuando, además era el lugar perfecto para esconder billetes, pues sabía bien que Camilo jamás tomaría en sus manos ese libro. Salieron de la casa. Camilo se quedó ahí, tirado en el patio, balbuceando algunas palabras que ni él entendía por el estado de ebriedad en el que se encontraba. Seguro que, al despertar, nos buscará. Siempre fue machista, perverso y posesivo, no se conformará con el abandono de mi madre. Espero que, para cuando despierte, nosotros nos encontremos tan lejos de él que jamás podamos estar a la vista de sus miserables ojos.

Nos fuimos a la central camionera y mi madre me preguntó si me gustaría vivir en Monterrey. Ella no conocía a nadie, no tenía ningún familiar que viviera allá, pero sabía bien que estando lejos de ese pendejo todo sería mejor. Al principio dormíamos en las calles, pues mi madre no encontraba trabajo. Vivimos con los pocos ahorros que ella tenía, al menos teníamos para comer bien. Al paso de los meses, todo cambió. Mi madre empezó a trabajar en un supermercado y con sus primeros pagos pudimos abonar la renta de una casa, ahí en la colonia Independencia. Me llevó a una escuela secundaria y me inscribió, pues no quería que anduviera de vago por las calles, debía estudiar y aprender, esa era la condición que me puso para quedarnos a vivir en Monterrey. Con el tiempo me enteré de que mi padre biológico había muerto en un accidente automovilístico, sólo unos meses antes de que naciera. De hecho, nunca supo que mi madre había quedado en cinta, ella no dijo nada de mi existencia a la familia de él, por miedo a que me arrebataran de sus brazos.

 

Fidel Cantú

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Comentarios

  1. Un libro que después de empezar, no lo podrás dejar de leer. Me encantó!

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