Mirada de madre
Si tan solo pudiera recordar a mi madre cuando la vi después de nacer creo que sería algo más o menos así:
Una sonrisa que muestre la alegría de tenerme en sus brazos por vez primera, unos ojos color marrón de los que tal vez, estuviese resbalando una lágrima por su mejilla. Su semblante, de infinita belleza, con su cabello castaño y despeinado estuviera cubriendo sus orejas, unas gotas de sudor esparcidas en su rostro de tez blanca, expresando el dolor causado por el parto al haberme colocado en este mundo ruidoso.
Mi madre, ¡ella es mi madre!, exclamaría de emoción, seguramente estaría llorando al inicio, por el miedo de ya no estar protegido en la bolsa de líquido que me acogía, pero seguro estoy, que después de un pequeñísimo tiempo, tan solo algunos minutos, le vería su cara, reconocería su voz, esa misma voz que me habló durante todo ese tiempo que estuve dentro de ella, sería privilegiado por su bondad y su cariño que manifiesta hacia mí, por el simple hecho de haber elegido su vientre para desarrollarme y nacer.
Mi madre, ¡ella es mi madre!, me repetiría una y otra vez, exagerando su belleza y reconociendo cada día su aroma, sus besos, sus caricias, su manera de cargarme y de protegerme de cualquier enfermedad que hay en el ambiente cruel y hostil al que me trajo a vivir. Si recordara a mi madre ese día en que nací, hoy tendría en mi mente ese rostro haciéndome guiños con su cara, moviendo sus labios de arriba abajo y besando mis mejillas o mi frente, recordaría sus canciones de cuna para dormir y como con sus manos me muestra una pequeña sonaja que aún guardo en el cajón de mi alcoba vacía de amor maternal. Tendría grabado en mi mente ese recuerdo de gestos haciendo un “fuchi” en su rostro, por haber olido los desechos asquerosos en el pañal al momento de limpiar mi delicado e indefenso cuerpo. Podría sonreírle en agradecimiento por cargarme y alimentarme. Podría, además balbucear algunos sonidos para que ella me viera y me dijera lo bonito que soy; aunque haya nacido feo y arrugado como todos los niños en sus primeros días de vida. Jugaría con los dedos de sus manos al intentar colocar la mamila en mi boca y lo haría solo para que beba la fórmula preparada de leche y nutrientes que me pondrán fuerte. Cuando no le vea acercarse a mi cuna, pondría un grito en el cielo y lloraría fuertemente para que deje de hacer lo que sea que esté haciendo y vaya hasta donde yo me encuentre, lo haría solo para verla de nuevo y sentir que me cargue, sería un bebé embracilado y chiflado. Por las noches desearía que estuviera cerca de mí para sentir su respiración. Que me proteja de la oscuridad y de los monstruos que acechan a los niños que se despiertan por las noches y ven sombras que se mueven, o al menos que me espante los zancudos que rondarán mi habitación durante la época de calor.
Si yo pudiera recordar a mi madre el día que nací, sería acercándose para tapar mi cuerpo, cuando el frío de la noche entre por la ventana en forma de viento helado. Me protegería de los virus y las bacterias que abundan en todas las superficies y ambientes de la casa o de cualquier centro comercial. Tener en mi mente esa mirada de mi madre, sería sin duda, un bonito recuerdo. Me hubiera gustado recordar que ella me presentará a todos los que conforman a la familia que no conozco pero que, ahora formo parte de ese núcleo al cual no pedí llegar, ahí fue donde me tocó nacer. Mi madre me nombraría ante todos como, el nuevo bebé y, orgullosa me cargaría en sus brazos, me pondría a la vista de los vecinos que sin duda la visitarán solo por el hecho de conocer al nuevo “muñeco” que ha llegado para ser la alegría de la casa, y en un futuro, por qué no, hasta del barrio entero.
Si yo recordara a mi madre el día que nací, sería el bebé más feliz de la tierra, porque tendría uno de los momentos más memorables e incomparables que haya tenido nadie jamás en la vida. Sería afortunado de conocer desde siempre a la persona que me trajo y me arropó en su cuerpo con ambos brazos, me hubiera gustado también recordar su piel tibia a causa del calor que emana su ser. Si pudiera recordar a mi madre la primera vez que la vi después de haber nacido, sería el recuerdo más increíble que jamás habría captado mi mente durante toda la vida. Si tan solo pudiera recordarla de ese modo, no estaría hoy imaginando lo que ocurrió ese día.
Mi padre me ha dicho que la mirada de mi madre era increíble. Me ha contado que cuando la vio por vez primera, se enamoró de sus ojos grandes y adornados con unas pestañas largas, además ella le mostraba su coquetería al cerrar su ojo derecho, en señal de complicidad y de amor que se tenían uno al otro.
Mi madre, ¡ella es mi madre!, es la del vestido rojo en la foto que tengo en mis manos y, que no me canso de verla. Sus facciones son tan bellas y su mirada es inigualable. Siempre que puedo trato de hacer memoria y no, no tengo registro de esos momentos en que estuvimos juntos. Si mi madre no hubiera muerto, sería la persona más feliz, mi rostro no reflejaría la tristeza que me ahoga cada vez que se llega el día de su cumpleaños, o el día del festival de las madres en la escuela.
La mirada de mi madre es única, ¿saben por qué?, porque vive en mí, y yo vivo en ella. Soy sus ojos, su espejo.
Fidel Cantú



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