Dulce y amargo

Durante el invierno de 1986,
un frío espantoso cubría el patio
con una escarcha blanca que caía
sobre el piso.
Mi padre había llegado a casa con
dos injertos de naranjo dulce,
tenía la intención de plantarlos en el
patio,una vez que apareciera el sol
en el cieloy las nubes grises dejaran
de oscurecer la belleza del jardín.
Mi madre preparaba café de olla
y el desayuno en la cocina.
Yo, en ese entonces tenía seis años
y veía la televisión,
no fui a la escuela porque
suspendieron las actividades debido
al frío.
Recuerdo que solo me levanté de mi cama y me acerqué a la cocina
cuando escuché la voz de mi madre decir: “Vengan a desayunar, ya está puesta la mesa”.
Esa mañana, llegó a casa un hermano de mi papá con otros dos injertos de naranjo.
Escuché que le dijo a mi padre que mi tía lo había corrido de la casa:
—Aquella anda bien encabronada, te traje estos dos arbolitos para que los trasplantes
junto con los otros en tu patio. Espero que te den buenos frutos,
porque sí yo los hubiera plantado seguro que se amargan más de lo que anda tu cuñada.
Mi padre soltó una carcajada. Y mi madre que escuchó la conversación no dijo nada,
solo que no le causó gracia el comentario de mi tío. Ella conocía bien a su comadre,
tanto que tal vez pensó que si ella se había enojado era por una razón justa,
además mi tío siempre fue bien cabrón con ella.
A los días siguientes, cuando el frío desistió de su viento arrachado,
y el sol se impuso sobre los tejados de las casas,
mi madre abrió las ventanas para que el calorcito entrara y se calentara un poco la casa.
Mi padre por fin pudo hacer los pozos y plantar los arbolitos.
Mi perro Raffles y yo le ayudamos, bueno solo yo, porque él se la pasó moviendo su cola,
y en señal de estar contento desparramaba los montones de tierra que teníamos al hacer los agujeros.
Al final, durante la tarde, los cuatro árboles ya estaban en su sitio, les pusimos agua
y colocamos piedras alrededor de ellos.
Con el paso de los años los cuatro retoñaron y se pusieron muy frondosos y bonitos,
nos ofrecieron frutos en excelente presentación.
Los dos que había traído mi padre a casa nos dieron naranjas dulces,
con el que producimos innumerables veces jugos para acompañar el desayuno,
pero los que había traído mi tío, las naranjas estaban tan amargas que solo las utilizamos,
para preparar pollo en achiote o bien usábamos la ralladura de la cáscara de naranja
para elaborar pasteles caseros. Eso sí, mi madre siempre dijo que los árboles
que había traído su cuñado habían salido muy malos, no porque mi tía lo había corrido ese día,
sino porque él era quien siempre andaba con muy malas vibras,
para ella el amargado era mi tío, por eso, los pobres naranjos no se lograron como debieron.
FIN
Fidel Cantú
11 de junio de 2025


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