El robo

A María se le perdió su hijo en el supermercado, asustada porque de pronto no lo vio cerca de ella, empezó a correr por los pasillos, gritando desesperadamente. 

—¡Emilio, hijo!, Emilio, ¿dónde estás? —

Las personas a su alrededor sintieron la angustia de la pobre mujer que no encontraba al chamaco, uno de tantos se acercó a ella y le dijo: —Vaya con el guardia para que lo voceen, o que cierren la tienda hasta que no aparezca su muchachito—. 

María seguía angustiada por lo sucedido, sentía impotencia por no saber en dónde buscar a Emilio. Se quedó ahí, inmóvil, luego corrió hacia la entrada.

—¡Señora, señora!, ¿qué pasa? El guardia la detuvo.

—He perdido a mi hijo, lo traía aquí, agarrado de mi mano, y ahora no lo veo—. Lloraba angustiada.

—¡A ver!, primero, tranquilícese, vamos a buscarlo—. El guardia informó por radio a sus demás compañeros, indicándoles que estén alertas y buscaran al muchacho—. Tomó una botella de agua y le dijo: —tenga, beba un poco para que se le pase el susto, ahorita aparece su chamaco.

Uno de los guardias se dirigió a la cabina para revisar las cámaras y de esa manera poder localizar a Emilio. María seguía angustiada. 

—¿Qué le voy a decir a mi marido?, ¿cómo le digo que se me perdió el chamaco? — Lloraba.

—Ahorita sale señora— respondió el guardia. — ¡Ya verá!, de seguro está en el área de juguetes o en el pasillo de los dulces, además no es el único que se haya perdido en esta tienda. 

El guardia intentó tranquilizarla. De pronto, María se levantó y salió de la tienda. El guardia le preguntó: 

—¿A dónde va señora? y, ¿su chamaco?, nos lo va a dejar aquí. Le preguntó al guardia.

—No, no, ¿cómo cree? —. Seguía llorando. —Sí ahorita regreso, es que me están hablando por teléfono, es mi marido. ¡Déjeme le contesto aquí afuerita!

—Vaya— le dijo el guardia, incrédulo y pensando en su preocupación. La señora María salió por la puerta.

Uno de los guardias regresó de la cabina para anunciar a sus compañeros que en las cámaras no había ningún chamaco. Ella entró sola. El Emilio ese, el nombre que gritaba con tal desesperación. No existe. 

Cuando María ya había avanzado unas cuadras de la tienda sacó de su bolso un paquete, un perfume que tomó del mostrador sin que nadie se diera cuenta. Iba caminando a sus anchas y perfumándose el cuello. Su marido la esperaba en la plaza, sentado y cargando a Emilio en sus piernas.

Lo hizo tal como en la última sesión de su lectura del Tarot se lo había descrito, que sucedería. 


Fidel Cantú

12 de febrero de 2025


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