La llave

Cuando el abuelo era apenas un niño, vivía en el pueblo de Santiago, allá rumbo al sur de Monterrey. En
ese entonces no transitaban tantas personas como ahora que hay demasiadas gentes que van y vienen
por la carretera nacional. Recuerdo que, me contó que mientras jugaba en la plaza con sus amigos, pasó
frente a ellos una señora vestida de negro, iba cubierta hasta el rostro. El abuelo, que era muy
observador, notó que había dejado caer un trozo de metal, lo tomó en sus manos y trató de alcanzarla,
pero ya había doblado en la esquina y había desaparecido sin dejar rastro. Regresó hasta donde estaban
sus amigos y les mostró el metal.
—¿Es una llave? preguntó Luis.
—¡Sí, parece ser que sí lo es! dijo el abuelo.
—Tengo curiosidad por saber ¿qué puerta abrirá?, preguntó.
—Estoy seguro que es de la casa de donde ella vive. Dijo el abuelo
—¿Quién? preguntaron todos incrédulos a sus comentarios
—Pues a la señora que se le cayó, ¿no la vieron? Cuando llegue a su casa la buscará y tendrá que regresar. La voy a esperar aquí— Contestó el abuelo.
Todos se miraron unos a otros, pues ellos no habían visto pasar a nadie por ese lugar.
Transcurrieron las horas y la señora nunca regresó por su llave. El abuelo tenía en sus manos el metal. Luis se acercó a él para decirle que estaba dispuesto a acompañarlo a buscar a la dueña de la llave. Así que decidieron ir con rumbo a donde se había perdido aquella mujer. Fueron de casa en casa intentando abrir las puertas, pero en ninguna funcionó, incluso intentaron con las puertas de algunos coches, y no, no abrió nada. Siguieron caminando hasta llegar a un camposanto. Era ya muy tarde, aun así decidieron entrar, pensando que tal vez abriría alguna de las puertas de los mausoleos. Caminaron entre los pasillos, ingresaron la llave en los candados de las criptas, siguieron intentando y ninguna abrió su puerta. De pronto se detuvieron frente a un antiguo y deteriorado recinto de un mausoleo de una de las familias que fue masacrada en el pueblo hacía más de un siglo. Vieron una puerta grande, incrustaron la llave por la ranura y para su mayor sorpresa,la puerta esta vez, se abrió. Se miraron a los ojos, como preguntándose uno al otro “¿vamos a entrar o no?”. Con miedo ambos señalaron con su cabeza un sí, empujaron la puerta oxidada y sus bisagras rechinaron ante el movimiento pausado por años. Dentro de aquel lugar respiraba un olor fétido a pesar de las más de una docena de veladoras encendidas, y flores con colores brillantes, a pesar del deterioro del lugar. Luis y el abuelo, no creían lo que estaban viendo, pues parecía que las habían colocado recientemente, pero ¿cómo?, si la puerta había permanecido cerrada por mucho tiempo, ¿cómo fue que llegó todo esto aquí? siguieron avanzando lentamente, a unos pasos una fotografía los recibía, mostrando los rostros de la familia completa de los que murieron, sin duda en ese lugar permanecían sus restos. Luego una sombra apareció en una de las esquinas del lugar. La misma señora vestida de negro estaba ahí esperándoles. Al verla se asustaron, Luis intentó pegar un grito, pero inmediatamente fue silenciado, por lo que no pudo emitir ningún sonido de su boca. El abuelo, siguió ahí observándola. Ella se quitó el velo, caminó hasta donde estaban, y les dijo:
—Desde ahora ustedes serán los guardianes del mausoleo de mi familia y les daré su primera misión—.
Al escucharla Luis se armó de valor y jaló al abuelo para salir corriendo, una vez fuera del lugar el abuelo reía, y gritaba:
—“Era la loca del pueblo, la que nunca habla”.
Ambos siguieron corriendo, se olvidaron de la llave y de su misión, pues no estaban dispuestos a caer en ningún enredo de una vieja loca.
FINFidel Cantú
30 de abril de 2025


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