Godo, el emperador

Cuando nació, era apenas un bulto de pelusa blanca, con los ojos grandes y amarillos como lunas. No maullaba, no pedía nada. Solo miraba. Y en esa mirada había algo que me desarmó. Lo envolví en una toalla y lo cuidé, sin saber que ese pequeño gatito… estaba destinado a ser un emperador.

Al principio, Godo dormía mucho. Se acurrucaba en rincones, comía con timidez, y parecía agradecido. Pero bastaron algunos meses para que creciera y mostrara su verdadera naturaleza: dueño absoluto del sofá, dictador de horarios, inspector de platos, y juez implacable de mis decisiones. Si me atrevía a cerrar una puerta, Godo la abría. Si el sol entraba por la ventana, él se tumbaba justo donde la luz tocaba el suelo, como si el universo le debiera ese cálido tributo.

Los juguetes que le compré quedaron ignorados. Su diversión era más sofisticada: derribar plantas, esconder calcetines, y observarme desde lo alto del refrigerador como si evaluara mi utilidad. Y sin embargo, cada noche, cuando el mundo se apagaba, Godo se convertía en un pequeño milagro. Se acurrucaba en el pecho de mi, que tenía el corazón cada vez más roto. Ese día, ronroneo como si tejiera paz, y dormía como si confiara en mi más que en la vida misma.

Con el tiempo, entendí que no me había robado la casa. Me había regalado un hogar distinto. Uno donde cada rincón tenía huellas de sus travesuras, donde el silencio se llenaba de ronroneos, y donde el amor no se pedía: se imponía, como lo hizo él, desde el primer día.

Godo no era solo un gato. Era el caos que necesitaba. El cariño que no sabía que me faltaba. El pequeño emperador que, sin pedir permiso, se apoderó de todo… y me hizo suyo.


Fin


Fidel Cantú

23/Agosto/2025


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