Muriendo lento

Cuando Sergio despertó, no podía mover una sola parte de su cuerpo, estaba inmóvil. Trató de mover sus manos, sus dedos, incluso sus ojos, pero era inútil. Parece que solo sus párpados se abrieron. Veía fijamente el cielo azul, estaba justo arriba de él. Podía sentir que estaba acostado en un jardín, pues sentía la humedad en su espalda, el olor a tierra mojada y a pasto recién cortado, tal vez había algunas flores cerca porque también sentía un aroma dulce. —¿Por qué no puedo moverme?— se preguntaba una y otra vez. Corría el tiempo y él seguía ahí tirado en ese suelo frío, sentía cómo las hormigas transitaban sobre su pecho, hasta llegó a pensar que tal vez eran gusanos que empezaban a escudriñar sus entrañas. No sabía si estaba desnudo, pero por si acaso no lo estuviera, ni siquiera podía ver el color de sus prendas. De pronto una abeja empezó a zumbar en una de sus orejas, pero no pudo espantarla, luego se colocó justo en su nariz, sintiendo como sus patitas caminaron sobre ella, aun así no podía verla, pero estaba seguro de que era una abeja, cuando alzó su vuelo la vio postrarse frente a su mirada, luego se perdió en el aire. Su mirada vertical hacia el cielo azul, sin nubes lo paralizó. La oscuridad llegó pronto, observó que la tonalidad del cielo empezó a tornarse rojizo, señal de que el sol estaba por ocultarse, de pronto lo único que pudo ver fueron las estrellas de la noche. Recordó la vez en que su madre y él acamparon cuando aún era un niño, fue una excursión muy cerca del lago, habían pasado la noche juntos mirando el firmamento de un cielo despejado, como el que ahora observaba. —Es un recuerdo maravilloso que hoy puedo volver a vivir. Pero, ¿qué me está pasando?, ¿acaso estoy muerto?— Se hizo mil preguntas, y no, no tenía ninguna respuesta. Estaba enloqueciendo. Sentía el olor y la humedad de los desechos que emanaba de su cuerpo sin tener control alguno sobre ellos. Estaba muy asustado, pero aun así, trató de no perder la calma. Quería cerrar sus ojos, pero no podía hacerlo. Quería hablar, gritar para que alguien lo escuchara y lo rescatara de su desgracia, pero no podía hacerlo. Estaba solo, estaba inmóvil, estaba muerto tal vez. No tenía ninguna respuesta, esta vez pudo sentir que su final se acercaba. Se dio por vencido. En su mente soltó unas palabras de aliento, las últimas de su vida. —Pido perdón por todo lo malo que he hecho. Agradezco a la vida los buenos momentos que he vivido. Te ofrezco mi ser para rendir cuentas ante ti. Solo tú me puedes dar el perdón y la vida eterna. — Cuando terminó de mencionar su plegaria, sus párpados cayeron. Su cuerpo se soltó por completo, después abrió los ojos, se levantó de su cama. Salió de la recámara y vio a su madre preparando el desayuno en la cocina. —¿He regresado en el tiempo?, ¿me están dando una segunda oportunidad?, ¿habré hecho algo mal que debo corregir?, ¿estuve muerto?— eran muchas preguntas otra vez. Sergio pudo ver su futuro o solo fue un mal sueño. No lo sabía, solo pensaba: a partir de ahora haré más excursiones con mi madre, disfrutaré de las vistas de un cielo estrellado, miraré con más detalle todo lo que hay en la naturaleza, admiraré su belleza y dedicaré más tiempo a disfrutar la vida. Porqué mañana, mañana quizá estaré tirado en el pasto de un jardín, muriendo lentamente.
Fidel Cantú
16 de junio de 2025


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