Parece que te andas yendo

 

El reloj marcaba las 7:15 de la noche cuando se registró una llamada en la pantalla de mi teléfono.

Mi sobrino Gustavo me habló para anunciar un fatal deceso.

— Lalo. Acaba de fallecer mi abuelito.

—Voy para allá. Le respondí mientras mi corazón se oprimía ante el dolor inevitable causado

por la fría noticia. Estaba consciente de que tarde o temprano ocurriría.

Mi mente estaba preparada para tal situación, o al menos eso creía, es solo que,

cuando realmente sucedió, me derrumbé en un llanto que tenía abrumado por el paso del tiempo.

Tenía apenas dos días de haber estado en casa, con él. Su estado de salud durante los últimos meses

había empeorado tras las secuelas que le ocasionó la enfermedad del Covid, además del padecimiento

degenerativo a causa del Alzhéimer y otras enfermedades acechadas durante su última etapa de vida.

Tenía 85 años.

El dolor en el pecho hizo encogerme de brazos, apreté con fuerza los dedos de mis manos

para evitar un ataque de ansiedad. Tantos recuerdos que tengo de él, hasta he llegado a pensar

que soy su viva imagen, lo percibo un poco cuando me veo al espejo y su reflejo está en mi rostro.

El párpado derecho un poco caído, una ceja un poco pronunciada, la nariz grande pero no tan abultada.

Quizá una de las diferencias que alcanzo a distinguir radica en el color de los ojos,

los de él eran verdes claros como esmeraldas, y los míos, amarillos como el color de la miel.

Aquella vez que me fui de casa, la primera vez que me aventuré a vivir en la ciudad y salí del pueblo,

sin que nadie me acompañara, noté como esos ojos que se veían imponentes

se cristalizaron de lágrimas. No fue fácil para ambos desprendernos el uno del otro.

Yo siempre fui “su coyote” como era costumbre entre las familias cercanas a él

nombrar al más pequeño de los hijos.

Cuando regresaba a casa cada fin de mes, me recibía con los brazos abiertos.

Ese hombre fuerte y con una sonrisa que no podía ocultar, no cabía de la emoción,

de que estaría en casa al menos todo el fin de semana.

Platicamos de esas historias que fueron parte de su vida.

Ese pasado que solo él recuerda y comparte conmigo como su más grande tesoro,

ese camino que recorrió con gallardía, su larga travesía por ciudades y pueblos,

sus conversaciones interminables, creo que nadie más “charla” en ninguna casa

hasta que sean vencidos por el sueño. Hasta que uno de los dos dejara de hablar,

en ese acuerdo entre padre e hijo, yo siempre perdía. Siempre me dormía antes que tú.

Hoy que has partido, creo que extrañaré muchas cosas que hacíamos juntos.

Al terminar el fin de mi estancia en casa, un domingo por la tarde, casi de noche,

mi padre empezaba con su canto:

¡Pareeece que te aaandas yendo!, quizá mañana ya no te vuelva a ver!”

Nunca supe si ese pedacito de canción era un verso suyo, o si realmente

lo había obtenido de algún cantante. Mi maleta estaba casi lista, un taxi esperaba afuera de casa,

con la luz intermitente. Un abrazo de despedida y un adiós que parecía decirnos

"nos vemos el próximo fin de mes”, “adiós mi viejo de oro”, “nos vemos pronto” ...

Me subí al coche con la maleta en mano, le miraba por última vez, ahí estaba él de pie,

y a su lado, mi madre, que también levantaba su mano, moviéndola de izquierda a derecha,

despidiéndose de mí. Esas miradas que me veían alejarme cada vez más de la puerta de casa.

El mismo hogar que me vio nacer y en el que recorrí sus patios, dormí en sus camas y comí en su mesa.

Un nudo en la garganta acompañó mi camino, ese llanto silencioso se esparcía en mi ser,

me ocultaba en la oscuridad de un autobús que junto a otras personas

también se disponían a separarse de sus seres queridos.

Todos en la vida pasamos por un rompimiento familiar, cuando nos llega

“la madurez”, cuando decidimos tomar las riendas para continuar con el camino solos.

Aprender de los errores, levantarse de los tropiezos y alcanzar éxitos.

La nostalgia recorre mi mente, es inevitable no llorar como niño,

desde la hora que me anunciaron tu muerte. Parece que ya te has ido, sin embargo,

te siento aquí muy cerquita de mí. Cargo en los huesos el dolor que invade al escuchar

que alguien murió. Tomé las llaves del coche, subí y manejé hasta donde tu cuerpo yacía tendido.

Es solo un cuerpo, lo que había dentro de él seguro que anda por aquí cerca todavía.

Dicen que el alma se tarda unos días en irse, más aún, otros dicen que se queda algunos días,

sobre todo si no se ha despedido de todos sus seres queridos. Pero pues eso no lo voy a saber,

yo solo tengo frente a mí el cuerpo que habitaste mientras vivías aquí.

¡Ay, padre mío, quién me cantará ahora aquella tonada que me alegraba el día,

de saber que me extrañarías:

“¡Pareeece que te aaandas yendo!, quizá mañana ya no te vuelva a ver!”,

el dolor sigue invadiendo mi ser. Mientras esperamos a que parta el cortejo fúnebre,

nos señalan el recorrido que haremos por las calles de este pueblo,

llegan a mi mente algunos recuerdos que tengo de ti:

Te gustaba andar en bicicleta, te mantuvo siempre en buena forma,

haciendo ejercicio sin saber qué te alejaba de la obesidad.

Tu platillo favorito era el cabrito rostizado. Tenías tanto frío en la temporada de invierno

que terminabas por odiar al fastidioso viento helado que rozaba en tu rostro.

Amabas las mañanas de abril, porque eran frescas y en ocasiones con llovizna ligera.

Detestabas la temporada de otoño porque el patio se llenaba de hojas que debías recoger

y tirar a la basura:

“Es un fastidio hacer esto todos los días” y aun así lo hacías,

porque distraía tu mente de la ausencia de ti.

Con el Alzheimer aumentaron tus lagunas mentales,

alejándote de la voz y privándome de escuchar nuevamente tus grandes historias.

Luego te alejó de los caminos, colocando a tu cuerpo en una silla de ruedas

que no tardas en dejar de manipularla por la débil fuerza de tus brazos.

Al final una cama de hospital ocupó tu tiempo, y cuidé de ti cuántas veces fueron necesarias.

Te leí las historias que tanto me habías contado, las mismas que ahora se ha transformado en letras.

"¡Pareeece que te aaandas yendo!, quizá mañana ya no te vuelva a ver!”,

te canté todas las veces que me ausenté de casa…

Ahora que el cortejo fúnebre parte al lugar donde se ha destinado colocar tu cuerpo,

entiendo lo difícil que será vivir sin tu amor, sin tus abrazos,

sin esa sonrisa y esa voz que me encantaba escuchar, pero sobre todo vivir sin ti.

Mi mente, te recuerda siempre. Hasta volver a verte, ¡papá!


Fidel Cantú

Comentarios

  1. Entrañable y Sentido, un Abrazo de Despedida lleno de Amor
    Marko Callas

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    Respuestas
    1. Gracias Marko Callas por tu comentario. Sí efectivamente, cuando uno escribe desde su interior algún suceso de vida, permite darle sentido al relato. Saludos. Te mando un abrazo.

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