Relato. Promesas. Capítulo 10



Capítulo 10: El encuentro de las almas

Muy lejos del Valle, en distintos rincones del mundo, algo comenzaba a cambiar.

En Japón, el anciano que escribía cartas sin destinatario se despertó con una melodía en la cabeza. No era una canción que conociera, pero al tararearla, las palabras fluían como si alguien se las dictara desde el viento. Al salir al jardín, vio una luciérnaga posada sobre su cuaderno. Y por primera vez en años, escribió una carta que no hablaba de despedidas, sino de reencuentros.

En Marruecos, la niña que dibujaba bosques imposibles encontró una flor creciendo entre las grietas del patio. Tenía pétalos que cambiaban de color con el sol. Cuando la tocó, vio una imagen fugaz: una mujer en un balcón, mirando el atardecer con ojos melancólicos. La niña sonrió. “Yo también quiero saber qué mira,” pensó.

En Monterrey, el joven de la plaza —de cabello gris y gafas rojas— soñó con un sendero entre dalias. Al despertar, encontró una hoja en blanco en su mochila, pero al tocarla, aparecieron trazos: una cabaña, un jardín, y una flor que parecía latir. No sabía cómo había llegado allí, pero algo dentro de él susurraba: “Ve.”

El Valle no gritaba. No enviaba señales evidentes. Solo susurraba en los momentos de silencio, en los sueños que se repiten, en las emociones que no se pueden explicar. Y quienes lo escuchaban, sentían una certeza suave: había un lugar que los esperaba, aunque nunca lo hubieran visto.

Lucía, Elías, Abril y Gael lo sabían. El jardín crecía cada día, y con él, la red invisible que conectaba corazones dispersos. El Valle no era un sitio. Era una promesa.


Continuar en el final del Relato

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