Relato. Promesas. Capítulo 3
Capítulo 3: El recuerdo escondido
La cabaña era pequeña, pero parecía contener siglos. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con frascos que brillaban suavemente, como si guardaran luz líquida. En una esquina, una lámpara de aceite parpadeaba con una llama azulada. Lucía se sentó en un sillón de mimbre, y al hacerlo, el suelo crujió como si despertara.
La carta dorada descansaba sobre la mesa. Afuera, las luciérnagas seguían flotando, formando espirales lentas en el aire nocturno.
De pronto, una melodía suave comenzó a sonar. No venía de ningún instrumento visible, sino del bosque mismo. Era una canción que Lucía conocía, aunque no recordaba de dónde. Cerró los ojos, y la música la envolvió como una manta tibia.
Entonces lo vio.
Un recuerdo, como una escena proyectada en su mente: ella y Elías, mucho más jóvenes, corriendo por un campo de girasoles. Él llevaba una cámara antigua, y ella una corona de flores. Reían, pero no era una risa cualquiera. Era esa risa que solo ocurre cuando el mundo parece perfecto por un instante.
Lucía abrió los ojos. El recuerdo se desvaneció, pero dejó una sensación clara: había olvidado lo que los unía. No solo el amor, sino la promesa que hicieron bajo aquel árbol rodeado de girasoles.
> “Si alguna vez nos perdemos,” había dicho Elías, “nos encontraremos en el lugar donde la luz respira.”
Lucía se levantó. La cabaña parecía más cálida ahora. En la pared, colgado como si siempre hubiera estado allí, había un retrato de ambos, pintado con trazos suaves y colores que parecían moverse. Ella tocó el marco, y una voz familiar habló desde la puerta.
—Sabía que vendrías.
Era Elías.
Su cabello estaba más largo, sus ojos más tranquilos. Pero era él. Y en ese momento, el Valle entero pareció suspirar de alivio.
Continuar en el Capítulo 4.


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