Relato. Promesas. Capítulo 5





El bosque se abrió como un suspiro. Las luciérnagas se alinearon en el aire, formando un arco de luz que guiaba a Lucía y Elías hacia una colina cubierta de flores nocturnas. En la cima, bajo un árbol de ramas que brillaban como plata líquida, esperaba una figura.

No tenía forma fija. A veces parecía un zorro de pelaje estrellado, otras veces una anciana con ojos de luna. Pero cuando Lucía lo miró directamente, vio algo distinto: una niña con cabello blanco y ojos dorados, vestida con un kimono bordado con constelaciones.

—Soy el guardián —dijo con voz que parecía viento entre hojas—. Y ustedes han traído el recuerdo que el Valle necesitaba.

Lucía dio un paso adelante.

—¿Qué significa eso?

La niña sonrió, y al hacerlo, el cielo cambió. Las estrellas comenzaron a descender lentamente, como copos de luz.

El Valle nace de los recuerdos que no se olvidan, pero que se esconden. Cuando dos almas se reencuentran aquí, algo florece: un jardín de memorias compartidas. Y ese jardín puede curar lo que el mundo ha roto.

Elías tomó la mano de Lucía. El guardián extendió la suya, y de su palma brotó una semilla luminosa.

—Planten esto en el claro. Lo que crezca será único. Será su historia.

Lucía y Elías caminaron hacia el centro del claro. Juntos, enterraron la semilla en la tierra suave. Al instante, brotó una flor que nunca habían visto: pétalos que cambiaban de color con el viento, y un aroma que les recordaba todos los días felices que habían olvidado.

El guardián los observó en silencio.

—El Valle los recordará. Y si alguna vez se pierden de nuevo, solo sigan la luz.


Continuar en el Capítulo 6

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