El niño lobo que no quería ser feroz

 

El niño lobo que no quería ser feroz

En lo profundo del bosque de los susurros vivía una manada de lobos orgullosos, fuertes y temidos. Cada luna llena, los lobeznos aprendían a gruñir, a mostrar los colmillos y a correr como sombras entre los árboles. Todos menos uno.

Su nombre era Luna.

Luna tenía el pelaje más suave que la niebla y unos ojos grandes que brillaban como luciérnagas. Mientras los demás practicaban aullidos aterradores, él prefería cantar con los grillos. Mientras sus hermanos cazaban, él recogía flores silvestres y las tejía en coronas que dejaba sobre las piedras.

—¡Un lobo no juega con flores! —le decía su abuelo, el gran lobo gris—. ¡Un lobo debe ser feroz!

Pero Luna no quería ser feroz. Quería ser amable. Quería escuchar las historias del viento y bailar con las hojas.

Una noche, mientras la manada dormía, Luna siguió el canto de un búho hasta el claro de los sueños. Allí encontró a una niña humana, perdida y temblando. En vez de asustarla, Luna se acercó despacio, le ofreció su corona de flores y le dijo:

—No temas. Soy un lobo, pero no muerdo. Solo cuido.

La niña sonrió. Juntos encontraron el camino de regreso al pueblo. Desde entonces, los humanos comenzaron a dejar pequeñas ofrendas en el bosque: dibujos, frutas, canciones. Y Luna se convirtió en el guardián invisible de los que se perdían.

Con el tiempo, incluso los lobos más viejos comenzaron a entender que la bondad también podía ser valiente. Que no todos los colmillos deben brillar con furia. Y que a veces, el corazón más suave puede cambiar el bosque entero.

Desde entonces, cada luna llena, Luna canta con los grillos, y su manada lo acompaña.

Porque ser lobo no significa ser feroz. Significa ser libre.


Fidel Cantú

Texto realizado en el Taller: 

Escritura salvaje de cuentos para niños

Mtro. Antonio Ramos Revillas

Octubre de 2025

 

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