Carta a María


Una vez, el gran escritor ruso Fiódor Dostoievski le escribió a su amada María:

> «En la calle donde vives, hay nueve mujeres más hermosas que tú, siete más altas, nueve más bajas y una que dice amarme más que tú. En el trabajo, una me sonríe a diario, otra intenta conversar conmigo, y la camarera del restaurante me endulza el té con miel en lugar de azúcar... Pero aun así, te amo».

María no era la más bella, ni la más deseada, ni la más admirada. Pero era su compañera. La que lo esperaba entre deudas, epilepsias y manuscritos inacabados. La que resistía mientras él cruzaba ciudades, prisiones y abismos internos. La que amaba sin pedir nada más que un poco de paz.

Y lo fue todo. Refugio. Fortaleza. Silencio que abraza.

Cuando la muerte se la llevó, él —el hombre de tantas luchas, ideas y sombras— se quebró. Pero en ese último instante, le susurró la única verdad que lo sostuvo:

> «Ni siquiera en mis pensamientos te traicioné».

Porque el verdadero amor no necesita promesas. Vive en los actos callados, en las ausencias compartidas, en el dolor resistido juntos… y en esa fidelidad silenciosa que ni el tiempo ni la tentación logran vencer.

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